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Editorial: La Caida

Complejo

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Resulta casi irresistible no entregarse a una profusa especulación sobre las posibilidades y niveles en los que trabaja el título de esta breve novela: el título como sustantivo o el título como adjetivo; el título como algo muy difícil o como algo sencillamente compuesto de muchas partes; el título como una meditación sobre el poder; el título como el complemento de una castración o de una conquista; el título como algo que refiere a un proceso (como aquel tan espinoso del mestizaje); el título como algo patético o algo digno de compasión; el título como la causa del odio, de la soledad y la distancia infranqueable; el título como un disfraz de otro título o como una farsa fatua, y así. Porque como digo, es muy difícil resistirse. Por eso, recomiendo ceder y darse un placentero baño pleno de contacto en esa cascada de significaciones leyendo la novela. Ceder y seguir especulando. Santiago Vizcaíno ha escrito una rápida novela inteligente, sinuosa, con voluntad de estilo y desafiante honestidad procaz. Luis Borja   Es más fácil escribir una novela que pedir perdón. Perdón por vivir, por desear, por ser malo, porque te han orillado a ser eso, y a ser patético, de paso, como todo ser humano puede serlo en algún momento. Willy es un migrante —se puede ser eso en cualquier calidad: estudiante, obrero, fugitivo, viajero pertinaz, escritor (¡horror!)—, un ecuatoriano que vive en Málaga y que, desde su perspectiva, entre tierna y grotesca, describe paisajes, retratos y escenas que podrían conformar una película de perdedores y cínicos, pero que no es sino una postal de la realidad. La que no nos gusta, tal vez, la que está alejada de las grandes historias y de las grandes vidas. Willy es un malaleche, y no puede pedir perdón por ello. Escribe. Y en su escritura nos perdemos para imaginarnos —con miedo y esperanza, la misma cosa es— si él no será el reflejo del hijo que hemos parido o un retrato de nosotros mismos, asentados sobre un país imaginario o sobre un torreón desde donde divisamos otra costa, la del territorio al que jamás arribaremos. Sandra Araya  

Descripción

Resulta casi irresistible no entregarse a una profusa especulación sobre las posibilidades y niveles en los que trabaja el título de esta breve novela: el título como sustantivo o el título como adjetivo; el título como algo muy difícil o como algo sencillamente compuesto de muchas partes; el título como una meditación sobre el poder; el título como el complemento de una castración o de una conquista; el título como algo que refiere a un proceso (como aquel tan espinoso del mestizaje); el título como algo patético o algo digno de compasión; el título como la causa del odio, de la soledad y la distancia infranqueable; el título como un disfraz de otro título o como una farsa fatua, y así. Porque como digo, es muy difícil resistirse. Por eso, recomiendo ceder y darse un placentero baño pleno de contacto en esa cascada de significaciones leyendo la novela. Ceder y seguir especulando.

Santiago Vizcaíno ha escrito una rápida novela inteligente, sinuosa, con voluntad de estilo y desafiante honestidad procaz.

Luis Borja

 

Es más fácil escribir una novela que pedir perdón. Perdón por vivir, por desear, por ser malo, porque te han orillado a ser eso, y a ser patético, de paso, como todo ser humano puede serlo en algún momento.

Willy es un migrante —se puede ser eso en cualquier calidad: estudiante, obrero, fugitivo, viajero pertinaz, escritor (¡horror!)—, un ecuatoriano que vive en Málaga y que, desde su perspectiva, entre tierna y grotesca, describe paisajes, retratos y escenas que podrían conformar una película de perdedores y cínicos, pero que no es sino una postal de la realidad. La que no nos gusta, tal vez, la que está alejada de las grandes historias y de las grandes vidas.

Willy es un malaleche, y no puede pedir perdón por ello. Escribe. Y en su escritura nos perdemos para imaginarnos —con miedo y esperanza, la misma cosa es— si él no será el reflejo del hijo que hemos parido o un retrato de nosotros mismos, asentados sobre un país imaginario o sobre un torreón desde donde divisamos otra costa, la del territorio al que jamás arribaremos.

Sandra Araya

 

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